El ascenso del fascismo en el mundo nos obliga a hacer una reflexión profunda sobre por qué históricamente triunfó esta perversa ideología y qué debemos hacer ahora para evitar que la situación se vuelva a repetir.
Una estrategia adecuada contra el fascismo, tras echarle un vistazo a la Historia, debería incluir al menos los siguientes pilares: 1) Unidad antifascista, 2) Defender y desarrollar la democracia, 3) Solucionar las necesidades económicas y sociales de las mayorías, 4) Llevar adelante una comunicación y una propaganda eficaces, 5) Empujar una movilización de masas, 6) Responder a la violencia política, 7) Desarrollar un Internacionalismo solidario.
Sin ninguna pretensión que sean los únicos que permiten oponerse a la extrema derecha, podríamos considerar los puntos anteriores como un material básico o las piedras de cimiento para construir una fuerte barrera o muro de contención contra el fascismo que, ahora, casi cien años después de su victoria primigenia parece volver a revivir por todo el mundo.
Como dice el título de este artículo, podemos hacer con ellos «un cóctel estimulante que mata al fascismo».
Iré desarrollando estos puntos en distintos artículos, empezando ahora por el primero.
La unidad en la lucha contra el fascismo entre las izquierdas es imprescindible. Históricamente falló y fue un elemento que contribuyó a la victoria fascista.
Damos cuatro pinceladas históricas. Estamos hablando de los años que van desde el fin de la Primera Guerra Mundial (1917) hasta 1933, cuando Hitler es proclamado canciller de Alemania.
En Alemania, la confrontación entre el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) y el Partido Comunista de Alemania (KPD) fue muy intensa.
La Revolución Espartaquista, liderada por Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, fue un intento fracasado de revolución comunista. Su represión por parte del gobierno SPD profundizó las divisiones entre los comunistas y los socialdemócratas, lo que minó la unidad de la izquierda.
El KPD consideraba al SPD como «socialfascistas» y traidores de la clase trabajadora. Esta hostilidad impidió una fuerte alianza contra los nazis, debilitando así la resistencia antifascista.
En Italia, también la división entre el Partido Socialista Italiano (PSI) y el Partido Comunista debilitaron la resistencia antifascista.
Cuando los escuadrones fascistas de Mussolini iniciaron una campaña de violencia sistemática contra socialistas, comunistas y sindicalistas, la respuesta fragmentada impidió una defensa efectiva contra esta, permitiendo que las «camisas negras» consolidaran su poder.
Por fortuna, en este aspecto, dadas unas circunstancias de contexto mundial muy distintas, se ha mejorado lo suficiente y ahora la unidad de las izquierdas frente al nuevo fascismo parece plenamente posible.
Pero la unidad en la lucha antifascista no es solo cuestión de la gente de izquierdas, también lo es de todas las personas demócratas. Si nos centramos en el Estado español y hablando de los partidos, vemos que PP y Vox se encontrarían excluidos de esta unidad (unos, Vox, por ser directamente fascistas y otros, PP, por haberse convertido en seguidores de los primeros) pero que existe una diversidad de fuerzas de derechas que sí tendrán que formar parte de una alianza de este tipo.
Finalmente, la unidad antifascista debe ser también social, de toda aquella gente que se opone a la forma de hacer del fascismo. Hay una parte de personas ideológicamente de derechas, pero que pueden ser antifascistas, que pueden ser arrancadas de la influencia de su partido de referencia inicial.
Unidad de las izquierdas, unidad de las formaciones demócratas y unidad social en defensa de las libertades, esta es la primera piedra de cimiento para detener el fascismo en ascenso.


